Manuela Chica y Claudia Tuñón
Colombia se prepara este año nuevamente para elegir a su próximo presidente en 2026 en un contexto marcado por la polarización política, el desgaste institucional y la incertidumbre sobre el rumbo del país. Más allá de la disputa electoral, estos comicios pondrán a prueba la capacidad de la democracia colombiana para construir consensos en una sociedad profundamente dividida. La primera vuelta se celebrará el 31 de mayo y, en caso de que ningún candidato obtenga mayoría absoluta, habrá una segunda vuelta el 21 de junio que es lo que seguramente terminará pasando.
El proceso electoral ya está en marcha. Las elecciones legislativas del 8 de marzo de 2026 funcionaron como un termómetro político clave, permitiendo medir fuerzas entre partidos y anticipar alianzas. La participación de estas consultas fue sorpresiva: más de cinco millones de votantes acudieron a las consultas, a pesar de llamados a la abstención (por parte del mismo presidente de Colombia Gustavo petro y de el candidato presidencial Abelardo de la Espriella), superando cifras de procesos anteriores. Sin embargo, los resultados también evidenciaron un sistema fragmentado, donde ninguna fuerza política logró consolidar una mayoría clara en el Congreso. No obstante, el pacto histórico triunfó obteniendo mayoría.
El panorama presidencial refleja esa misma dispersión. Aunque inicialmente se contemplaban cerca de 16 aspirantes, el escenario se ha ido consolidando en torno a seis candidatos principales: dos de izquierda, dos de derecha y dos de centro. En la izquierda, Iván Cepeda se posiciona como figura cercana al oficialismo, mientras que en la derecha Abelardo de la Espriella lidera la intención de voto con un discurso enfocado en seguridad con propuestas tales como crear una carcel como la que hizo Bukele en el Salvador y Paloma Valencia del partido Centro Democrático. En el centro, figuras como Sergio Fajardo (un candidato antiguo que lleva en campañas desde años atrás) o Claudia López intentan atraer a un electorado cansado de la confrontación ideológica, aunque su capacidad de inclinar la balanza aún está por definirse y en escenarios realistas, no es posible que se tenga un resultado que logré favorecerlos más allá de despistar votos. Este escenario nos confirma una tendencia clara: Colombia sigue siendo un país dividido entre izquierda, derecha y un centro que busca consolidarse como alternativa. Las alianzas políticas se vuelven cada vez más inesperadas, incluso entre sectores históricamente opuestos, en un intento por captar votantes indecisos. En el caso particular de Paloma Valencia, se está inclinando hacia atraer además no solo gente fiel a su partido sino aq1uellas personas que están arrepentidas del gobierno actual y desgastadas del mismo. Más que una simple contienda electoral, estas elecciones representan una disputa sobre el modelo de país.
Los temas de campaña reflejan las principales preocupaciones ciudadanas. La seguridad ha vuelto al centro del debate tras los cuestionamientos a la política de “paz total”, mientras que la economía marcada por la inflación, el desempleo y la desigualdad que sigue siendo protagonista, condiciona fuertemente la percepción del gobierno. A esto se suma el futuro de los acuerdos de paz, que divide a los candidatos entre quienes buscan reformarlos y quienes apuestan por profundizarlos. Ya veremos en los próximos debates presidenciales, cómo se encuentran las diferentes posturas ante este y otros temas. También destaca el debate sobre la confianza en las instituciones y la transparencia electoral, en un contexto de creciente desconfianza ciudadana.
El Congreso elegido recientemente refuerza esta complejidad. Aunque el gobierno de Gustavo Petro mantiene una presencia importante, no cuenta con los apoyos suficientes para impulsar sus reformas sin negociar con partidos tradicionales como el Liberal, el Conservador o el de la U. Esto por su parte, ha frenado completamente muchas iniciativas del presidente por establecer nuevas reformas e incluso por convocar a una asamblea constituyente. Al mismo tiempo, la derecha ha mostrado un crecimiento significativo, consolidándose como una fuerza clave en el nuevo mapa político ya que el descontento social que hay en estos momentos en el país es muy fuerte debido a las inegligencias del actual presidente. Este equilibrio inestable hace casi inevitable una segunda vuelta, donde las alianzas serán decisivas.
Pero para entender el clima político actual, es necesario mirar al pasado. La historia de Colombia ha estado marcada por la violencia política, una realidad que sigue presente en la memoria colectiva. Desde el asesinato de Rafael Uribe Uribe en 1914 hasta el magnicidio de Jorge Eliécer Gaitán en 1948 que desató el famoso Bogotazo, el país ha vivido episodios donde las diferencias ideológicas se resolvieron con violencia y lastimosamente a lo largo del tiempo todo se ha resuelto así. En las décadas de los ochenta y noventa, esta dinámica se intensificó con el asesinato de líderes como Luis Carlos Galán, Bernardo Jaramillo y Carlos Pizarro, en un contexto atravesado por el narcotráfico y la guerrilla. Aunque hoy el país no vive los mismos niveles de violencia, la sensación de riesgo persiste. Dimos una vuelta al pasado con el asesinato del senador Miguel Uribe en 2025 que reactivó ese temor histórico y evidenció que la violencia política no ha desaparecido, sino que se ha transformado. Su muerte no solo generó indignación, sino que reabrió el debate sobre las garantías para ejercer la política en Colombia. Como expresó su esposa, María Claudia Tarazona, “silenciaron la democracia”, una frase que resume el impacto simbólico de este tipo de hechos. Este contexto alimenta una de las grandes tensiones de estas elecciones: la desconfianza hacia las instituciones. La percepción de un sistema judicial débil y la sensación de impunidad refuerzan la idea de que el Estado no logra garantizar plenamente la seguridad ni la participación política. En este escenario, el debate sobre posibles reformas institucionales vuelve a cobrar fuerza.
En el fondo, las elecciones de 2026 reflejan tres grandes tensiones: la continuidad o el cambio frente al proyecto político actual, la polarización o la búsqueda de consensos, y la confianza o el escepticismo frente a las instituciones. Colombia no solo elegirá a un nuevo presidente, sino que definirá el camino que quiere tomar como sociedad.

El izquierdista Iván Cepeda (a la izquierda) y el derechista Abelardo de la Espriella (a la derecha) son favoritos según encuestas. La uribista Paloma Valencia (en el centro). FOTO: Jose Carlos Cueto BBC News, Colombia.
En un país atravesado por la fragmentación política y las heridas del pasado, el verdadero desafío no será únicamente ganar las elecciones, sino gobernar y poder unificar a la gente para ir por un mismo camino colectivo.
La próxima administración tendrá que enfrentarse a una ciudadanía exigente y a un sistema político que obliga a negociar, dialogar y reconstruir la confianza. Porque en Colombia, más que nunca, el futuro dependerá de la capacidad de transformar la diferencia en acuerdo.
Además, no es solo votar y ya. Estas elecciones también funcionan como una forma de ver qué tan bien o mal ha funcionado el gobierno actual. Tenemos que entender como un balance general donde los ciudadanos deciden si quieren que las cosas sigan igual, cambien un poco o cambien completamente. Lo importante es no dejarse llevar por el mismo discurso político de la izquierda que tiene al país en esta situación tan complicada.
Todo esto viene después de lo que pasó en 2022, cuando Gustavo Petro ganó las elecciones. Ese momento fue súper importante porque representó un cambio grande hacia la izquierda, algo que no era tan común en Colombia. Su gobierno llegó con muchas promesas de cambio, sobre todo en temas como la salud, la educación y el trabajo. No obstante, todo se quedó en promesas e ilusiones para millones de Colombianos que confiaron en el supuesto cambio. Además, muchas de esas reformas han generado discusiones fuertes tanto en el Congreso como entre la gente. Hay quienes piensan que estos cambios son necesarios y otros que creen que están generando más problemas o incertidumbre. Esto ha hecho que el ambiente político esté bastante tenso. Entendiendo esto, ahora que se acercan las elecciones, ya se empeiza a ver la movilización política. La izquierda intentará seguir en el poder defendiendo lo que supuestamente le faltó por hacer generando también miedo a los ciudadanos de no seguir por el tumbo que tomó el 2022.
Por otro lado, es de vital importancia que nos informemos de la forma correcta y entendamos como la actualiudad nos puede manipular mediante los medios digitales y las redes sociales. Plataformas como TikTok, Instagram o X permiten a los candidatos hablar directamente con la gente, sobre todo con los jóvenes. Todo es más rápido, más visual y más emocional por eso es importate filtrar toda la información que retenemos porque la desinformación, noticias falsas y contenido manipulado es masivo.
En este punto, el voto joven va a ser clave. Los jóvenes están participando más que antes y tienen mucho peso en estas elecciones. Pero también votan diferente. No se identifican tanto con partidos políticos, sino con causas o ideas específicas y las corrientes que siguen. Esto hace que los candidatos tengan que adaptarse. Ya no basta con discursos tradicionales, tienen que conectar de verdad con la gente joven y hablar de temas que les importan.

Foto: Mauricio Dueñas Castañeda (EFE)
En general, hay muchas expectativas, pero también muchas dudas. Las elecciones de mayo 2026 van a ser decisivas porque no solo se elige un presidente, sino también el tipo de país que se quiere construir. Al final, todo depende de los ciudadanos. De cómo se informen, de cómo voten y de qué tanto participen. Porque más allá de la política, lo que está en juego es el futuro del país. Siendo así, informarnos de una forma responsable y correcta es el éxito de ejercer un derecho a conciencia.