Valentina Ortiz Martínez y Santiago Bravo
En el marco de la Semana de la Comunicación y Marketing, la física, meteoróloga y comunicadora Isabel Moreno Muñoz, recientemente galardonada con el Premio de Educación Ambiental, ha propuesto un ejercicio de honestidad colectiva. Lejos de las gráficas frías y los tecnicismos distantes, Moreno nos invitó a subir a un tren simbólico para entender que el cambio climático no es un evento futuro, sino una transformación que ya late en nuestra cotidianidad, nuestras emociones y nuestra economía. Todo gracias a la profesora Almudena Revilla quien ha hecho posible esta ponencia en la Universidad Europea.
Acompañada por las ilustraciones de Fernando Polanco, Isabel marcó una postura firme frente a la ética creativa: declina el uso de IA generativa para proteger el trabajo artístico humano. Esta coherencia entre el mensaje y la forma de comunicarlo sentó las bases de un taller que transitó desde la ciencia más pura hasta la solastalgia, ese sentimiento de pérdida y tristeza al ver cómo el entorno que amamos se vuelve irreconocible.

El taller desmitificó la idea de que «la Tierra siempre ha cambiado». Si bien hace 500 millones de años el planeta era mucho más cálido y carecía de hielo en los polos, la clave reside en la velocidad. Mientras que los cambios naturales históricos tomaban miles de años (como los 15 grados de aumento en 20,000 años), el ritmo actual es una anomalía sin precedentes.
Moreno reivindicó la figura de Eunice Foote, quien en 1856 —tres años antes que John Tyndall— ya había descubierto el efecto del CO2 en el calentamiento de la atmósfera. Hoy, con un 2024 que se corona como el año más cálido registrado, superando por primera vez la era preindustrial, el Acuerdo de París se tambalea. De seguir la tendencia actual, en enero de 2029 habríamos alcanzado el límite crítico establecido.
El cambio climático no solo afecta al termómetro. Moreno subrayó cómo la crisis daña las rutas migratorias de aves y mariposas, cuya velocidad de desplazamiento supera la capacidad de adaptación de la vegetación de la que dependen. El impacto llega hasta nuestra salud y bolsillo, como con la proliferación masiva de mosquitos y plagas agrícolas, el descenso de la concentración de las aulas y centros de trabajo debido al calor extremo y también afecta en la economía como en la reconfiguración forzosa del urbanismo y el turismo en España.
Uno de los puntos más críticos del taller fue el choque de realidad sobre las soluciones. Isabel advirtió que plantar árboles no es una medida milagrosa que nos salvará por sí sola; de hecho, la deforestación de lo ya perdido es un lastre difícil de compensar.
Respecto a la tecnología de captura de carbono, Moreno fue tajante: son promesas para el futuro que no están disponibles ahora. Incluso si lográramos detener las emisiones hoy mismo, las temperaturas y concentraciones de CO2 tardarían siglos en estabilizarse. «Hemos creado una máquina monstruosa que es tremendamente difícil de parar», afirmó.

El taller concluyó con una actividad colaborativa: cambiar el color de nuestros billetes de tren. El mensaje final no fue de derrota, sino de una urgencia pragmática. No podemos recuperar las especies extintas —como el primer mamífero víctima del cambio climático recordado en el taller— ni volver a los veranos de nuestra infancia, pero sí podemos evitar que el tren descarrile hacia los escenarios más catastróficos.
La solución pasa por un binomio inseparable: Adaptación y Mitigación. Somos nosotros quienes estamos escribiendo el final de esta historia, y aunque el nivel del mar seguirá subiendo hagamos lo que hagamos, de nuestra acción inmediata depende cuántas piezas del tablero lograremos rescatar.
La pregunta para acabar la reflexión es la siguiente, ¿Estamos dispuestos a cambiar el color de nuestro destino antes de llegar a la última estación?