El Madrid de antaño, a tres ruedas

Marcos Craquis y Hermes Chainani

En la siempre ruidosa y caótica ciudad de Madrid, mientras el ajetreo de la rutina urbanita y los decibelios exagerados se perpetúan de manera generalizada en un ambiente de prisa y descontrol, un zumbido suave, casi irreconocible por los sufridos tímpanos de los madrileños, recorre, en forma de un vehículo eléctrico de tres ruedas, las estrechas e históricas calles del centro de la capital española. Se le conoce como tuctuc, y aunque pueda pasar desapercibido a ojos de la población hogareña, se trata de una herramienta fascinante que permite viajar a los orígenes más humildes y medievales de la ciudad y comparar, al mismo tiempo, el crecimiento que experimentó la pequeña Villa de Madrid hasta convertirse en un lugar al que millones de turistas acuden con la intención de fotografiar sus fachadas y monumentos.

Cuando una persona sube a bordo del modesto tuctuc, entra en una especie de realidad paralela. Si bien no ha cambiado su ubicación en el espacio-tiempo, su mente se inhibe de dicho concepto y se sumerge en un nuevo Madrid, que mezcla tradición y pasado con lo último en paisaje y modelo de vida urbanístico. La antigua y humilde Villa de Madrid y la que hoy es la ciudad más grande de España convergen durante la franja temporal de recorrido que efectúa y ofrece un, a veces, invisible vehículo blanco de tres neumáticos.

Mientras el tuctuc realiza su habitual trayecto por los rincones más emblemáticos del núcleo más histórico de la capital, una familia va observando todo aquello que esa mezcla de paisaje retro y ambiente moderno de gran ciudad va generando en aquellas calles visitadas. Mientras tanto, sus integrantes empiezan a charlar sobre qué cosas les han llamado más la atención, qué les ha sorprendido más y qué cosas les gustaría ver. 

Es en ese entonces, cuando el tuctuc llega al Palacio Real, que la familia queda embelesada por unos instantes al vislumbrar las dimensiones y la fachada de la residencia de la realeza. Antes de tener tiempo para asimilar lo que acaban de presenciar, comienzan a subir por la Gran Vía, famosa por mezclar la arquitectura del Madrid más lejano históricamente con la visita multitudinaria de miles de lugareños y turistas que, día a día, llegan allí para hacer fotografías, ir de compras o realizar actividades de ocio. Del mismo modo, quedan sorprendidos ante el contraste que supone la comodidad y tranquilidad que el tuctuc les ofrece respecto al acelerado tráfico que presenta constantemente su asfalto. 

En ese momento, sonríen y se sienten afortunados de la calma que poseen, mientras agradecen en sus mentes el haber subido a lomos del servicio de transporte en el que se encuentran. Han cambiado las prisas previas provocadas por el ajetreo desenfrenado de la ciudad. La necesidad de conseguir la postal perfecta para subir en sus redes sociales por un oasis mental que empieza a llenarse de los recuerdos vividos durante el trayecto. Y cuando se bajan, se han dado cuenta que todo el estrés y aquellos problemas que parecían no encontrar fin en sus interiores, como por arte de magia, ya no están dentro de ellos mismos. 

Porque el tuctuc no es un simple vehículo de recorrido turístico de una capital. Es un medio que, para unos, representa una forma de poder evadirse por unos instantes de sus preocupaciones, relajarse y disfrutar de una experiencia. Para otros, se convierte en un portal que conecta dos mundos completamente opuestos que, sin embargo, tanto uno como otro son absolutamente indispensables para comprender el significado y la historia de Madrid en su conjunto. Inclusive, para ciertas personas, simboliza la innovación y la sostenibilidad que, gracias a la voluntad de sus gentes, ha permitido transformar el centro histórico de su ciudad. No obstante, si algo se puede sacar de todo esto, es que el tuctuc siempre será una forma de recorrer Madrid mucho más tranquila, sosegada, lenta y contada.

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