Entre imanes y maletas: el nuevo pulso comercial de Madrid

Paula Cárdenas y Lucía Maestro

A las diez de la mañana, la Puerta del Sol ya es un río de personas. Maletas que ruedan y suenan sobre el asfalto, cámaras que se alzan en busca del mejor ángulo y grupos que avanzan siguiendo un paraguas en alto. Entre ese ir y venir, observamos los escaparates repletos de abanicos rojos, camisetas con el oso y el madroño, tazas y, en primera fila, hileras interminables de imanes. Pequeños rectángulos que prometen atrapar Madrid en la puerta de una nevera.

El centro de la capital se ha convertido en un generador constante de recuerdos. En calles como Arenal, Mayor o la Calle de la Cruz, las tiendas de souvenirs se suceden casi sin pausa. Algunas más antiguas, otras más modernas, con recuerdos originales, o más clásicos. A pesar de eso todas comparten algo, el sonido de la caja registradora y el murmullo constante de turistas que buscan llevarse algo más que fotografías.

No es casualidad. Madrid vive uno de sus mejores momentos turísticos. En 2025 la ciudad recibió 11,2 millones de visitantes y registró casi 24 millones de pernoctaciones. El gasto internacional alcanzó los 17.900 millones de euros, cifras récord que superan ampliamente las de años anteriores. El turismo no solo llena hoteles y terrazas, también alimenta este pequeño universo de objetos que caben en la palma de la mano.

No hay un número exacto, pero en el centro de la ciudad se cuentan más de 30 tiendas dedicadas exclusivamente a souvenirs y alrededor de 50 que los venden sin que sea su actividad principal. Algunas cadenas han repartido hasta 25 puntos de venta en apenas unas calles. El recuerdo se ha convertido en negocio, y el negocio, en parte del paisaje.

Dentro de una de estas tiendas recién abiertas, Laura Martínez coloca una fila de imanes con la silueta del Palacio Real. Hace seis meses levantó el cierre por primera vez. “Desde que abrimos no hemos dejado de recibir clientes de todo el mundo, especialmente ingleses y de Latinoamérica”, cuenta mientras envuelve una taza en papel burbuja. “Lo que más se vende son los imanes clásicos, pero también las camisetas con diseños originales. La gente quiere llevarse algo que les recuerde el viaje sin gastar demasiado”.

Los turistas comparan precios, sonríen, pagan en efectivo, y en ocasiones, con tarjetas extranjeras. Algunos dudan entre un llavero y una postal, otros llenan cestas con encargos para amigos y familiares. El recuerdo cumple una función sencilla, materializar la experiencia. Convertir un paseo por la Gran Vía en un objeto que sobreviva al tiempo.

Pero no todos observan el fenómeno con entusiasmo. Algunos vecinos lamentan que los comercios tradicionales desaparezcan ante escaparates repetidos. Otros, en cambio, ven en estas tiendas una consecuencia lógica del éxito turístico y una fuente de empleo que mantiene vivo el centro durante todo el año.

Cuando cae la tarde y el cielo se tiñe de naranja sobre los tejados, las luces de los escaparates siguen encendidas. Los imanes continúan alineados, pacientes, esperando a su comprador. Quizá esas mismas personas viajen a Londres, a Buenos Aires o a Berlín y pegados a una nevera cualquiera, recordarán que un día caminaron por Madrid y se llevaron un pedazo diminuto de la ciudad.

Compártelo