Ana Martínez-Luengo, Itziar Galván
El 8 de marzo, como cada año, Madrid se convirtió en el epicentro de las movilizaciones con motivo del Día Internacional de la Mujer. Desde primera hora de la tarde, las calles comenzaron a teñirse de morado mientras miles de personas —de todas las edades, identidades y procedencias— avanzaban al unísono para reclamar igualdad, justicia y derechos. Los cánticos, las pancartas ingeniosas y la fuerza colectiva marcaron una jornada en la que la reivindicación convivió con la emoción y la sororidad. El 8 de marzo, como cada año, Madrid se convirtió en el epicentro de las movilizaciones con motivo del Día Internacional de la Mujer. Desde primera hora de la tarde, las calles comenzaron a teñirse de morado mientras miles de personas —de todas las edades, identidades y procedencias— avanzaban al unísono para reclamar igualdad, justicia y derechos. Los cánticos, las pancartas ingeniosas y la fuerza colectiva marcaron una jornada en la que la reivindicación convivió con la emoción y la sororidad.