La ONU felicita a Irán mientras el país arde entre protestas y sanciones

Elmira Loffredo y Nicole Serfaty

Las generaciones actuales probablemente sólo tengan una imagen de Irán asociada al extremismo, la represión y la vulneración de derechos humanos. Sin embargo, hace 47 años la situación era muy diferente, casi difícil de imaginar hoy. Aunque el país estaba gobernado por una monarquía autoritaria, las represiones de hoy en día no existían, y además, la economía crecía con rapidez gracias a los ingresos del petróleo. Todo cambió el 11 de febrero de 1979, con la Revolución Islámica liderada por el ayatolá Ruhollah Jomeini.

Desde entonces, el país ha experimentado una transformación profunda. El sistema político pasó a estar dominado por un régimen religioso que ha mantenido durante décadas una relación tensa con Occidente, especialmente con Estados Unidos. A esto se suman las sanciones económicas, la presión internacional por su programa nuclear y una situación regional inestable. Irán ha apoyado a diversos grupos aliados en Oriente Medio, pero en los últimos meses su influencia se ha visto debilitada por conflictos armados y cambios políticos en la región.

Este miércoles, Irán conmemoró el 47º aniversario de la Revolución Islámica con un acto en la plaza Azadi, en Teherán. Allí, el presidente Masoud Pezeshkian reunió a miles de simpatizantes del régimen y reafirmó que la República Islámica no cederá ante las presiones de Washington. Durante su discurso, insistió en que el país defenderá su soberanía y su derecho a desarrollar energía nuclear con fines civiles.

El mensaje siguió la línea tradicional del régimen desde 1979: resistencia frente a Occidente, defensa de la independencia nacional y legitimidad del programa nuclear como símbolo de dignidad. Sin embargo, las conversaciones con Estados Unidos siguen completamente estancadas. Washington exige límites verificables al enriquecimiento de uranio y mayores garantías de supervisión internacional, mientras Teherán reclama el levantamiento de las sanciones que afectan a su economía.

Donald Trump afirmó recientemente que “tenemos que llegar a un acuerdo. De lo contrario, será muy traumático. No quiero que eso ocurra, pero tenemos que lograr un acuerdo. Deberían haberlo hecho la primera vez”, en referencia al pacto nuclear del que Estados Unidos se retiró en 2018. Aquella decisión profundizó la desconfianza entre ambos países y debilitó los mecanismos de control que se habían establecido con el acuerdo firmado en 2015.

Más allá del pulso internacional, Irán enfrenta también una compleja situación interna. En enero se registraron protestas en varias ciudades del país, en medio de denuncias de que el gobierno intentó limitar su difusión bloqueando el acceso a internet y restringiendo las comunicaciones. La inflación alcanzó niveles que muchos ciudadanos consideran insoportables, lo que llevó a miles de personas a salir a las calles para manifestarse.

Media Tavakoli, una iraní que abandonó el país hace cuatro años, asegura que la situación es cada vez más grave. Según su testimonio, los asesinatos de manifestantes son “peor que una película de terror”. También denunció la existencia de una práctica conocida como “pay for the bullet”, es decir, pagar por la bala utilizada para matar a un familiar antes de poder recuperar el cuerpo. Según su relato, ese coste puede rondar los seis mil euros.

Organizaciones independientes y grupos de derechos humanos estiman que las muertes acumuladas en las distintas olas de represión podrían situarse entre 3.000 y 30.000 personas, mientras que las autoridades iraníes han minimizado las cifras oficiales. Esta diferencia no solo representa una disputa estadística, sino también una batalla por el relato y la legitimidad ante la comunidad internacional.

A pesar de este contexto, el secretario general de Naciones Unidas envió esta semana una carta de felicitación a las autoridades iraníes con motivo del aniversario de la Revolución Islámica. El gesto fue criticado por diversos sectores que lo consideran un respaldo simbólico a un sistema acusado de vulnerar los derechos humanos que la propia ONU dice defender. Desde el organismo se argumenta que se trata de un procedimiento diplomático habitual, pero el episodio reavivó el debate sobre el papel de las organizaciones internacionales frente a gobiernos señalados por abusos.

La controversia no se limita a Irán. En la vecina Afganistán, el régimen talibán avanza en nuevas medidas que han generado alarma internacional. Las autoridades han reforzado las restricciones a las mujeres, limitando aún más su acceso a la educación y ampliando castigos físicos dentro del ámbito familiar. Organismos de derechos humanos consideran estas políticas un retroceso grave en la protección de mujeres y niños.

Así, 47 años después de la Revolución Islámica, Irán reafirma su identidad política frente a Occidente mientras enfrenta presiones externas por su programa nuclear y cuestionamientos por la represión de las protestas. En paralelo, la región atraviesa una etapa de alta tensión política y social, donde los derechos civiles y las libertades individuales vuelven a situarse en el centro del debate internacional.

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