La relación transatlántica entra en una fase de redefinición estratégica

Paula Cárdenas, Lucía Maestro, Lucía Poveda y Gladys Román

La relación transatlántica volvió a situarse en el centro del debate estratégico europeo durante la ponencia “La UE y la OTAN en el orden de competición entre potencias”, donde varios ponentes advirtieron de que el vínculo entre Europa y Estados Unidos atraviesa una fase de redefinición marcada por tensiones políticas, negociaciones complejas y un cambio profundo en el concepto de seguridad.

Esta redefinición no es un ajuste burocrático, sino el fin de la ‘infancia estratégica’ de Europa. Durante décadas, el Viejo Continente externalizó su seguridad a Washington, permitiéndose el lujo de centrarse en su estado de bienestar mientras Estados Unidos pagaba la factura de la disuasión. Hoy, ese modelo ha caducado. La seguridad europea ha pasado de ser un derecho adquirido por la historia a convertirse en un servicio bajo suscripción: si no hay aportación, no hay cobertura.

Uno de los focos de análisis fueron las tensiones con el expresidente estadounidense Donald Trump, cuya visión transaccional de la política exterior sigue influyendo en el debate europeo. Durante la intervención se recordó el episodio en el que la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, se desplazó a Escocia para negociar directamente en el entorno elegido por Trump. Según se expuso, más allá de las tarifas comerciales, lo relevante fue el gesto político: entender que la negociación con Washington exige frialdad, táctica y capacidad de adaptación.

El episodio de Escocia marca un antes y un después en la liturgia diplomática de Bruselas. Revela que Europa ha entendido, quizá por las malas, que para tratar con perfiles transaccionales no sirven los tratados de mil páginas ni las apelaciones a la ética kantiana. Se requiere una ‘diplomacia de búnker’: pragmática, directa y capaz de negociar en los términos del adversario o del socio difícil, priorizando el resultado sobre la foto oficial en los palacios de la UE.

Los ponentes insistieron en que Europa debe evitar “entrar en el juego de los egos” y apostar por una diplomacia inteligente que preserve la relación sin caer en provocaciones. “Aguantar y explorar cada margen para salvar la relación transatlántica” fue una de las ideas repetidas, subrayando que el vínculo sigue siendo esencial para la estabilidad occidental.

Sin embargo, el debate va más allá de las formas. Se planteó una cuestión de fondo: ¿sigue siendo la relación entre Europa y Estados Unidos una alianza estratégica basada en valores compartidos o se está convirtiendo en un vínculo puramente transaccional? En el nuevo contexto internacional, marcado por la competencia entre potencias, algunos líderes estadounidenses han defendido un modelo de seguridad “contractual”: quien paga más, obtiene más protección. La idea de que la lealtad en las alianzas debe traducirse en compromisos financieros concretos refleja un cambio respecto al tradicional concepto comunitario de la OTAN.

En este escenario, Europa se enfrenta al reto de reforzar su autonomía estratégica sin romper el equilibrio atlántico. Los ponentes recordaron que el nivel de seguridad del que ha disfrutado el continente durante décadas ha estado garantizado en gran medida por Estados Unidos y la OTAN, pero advirtieron de que ese “paraguas” no puede darse por permanente ni incondicional.

El debate también enlazó con las recientes declaraciones del senador estadounidense Marco Rubio en la Conferencia de Seguridad de Múnich, donde afirmó que Europa y Estados Unidos “existimos juntos”, al tiempo que lanzó críticas a las políticas migratorias europeas y al papel de la Naciones Unidas. Sus palabras reflejan la ambivalencia actual: reconocimiento del vínculo histórico, pero cuestionamiento de algunas decisiones políticas europeas.

Para los participantes en la ponencia, la clave está en mantener la calma estratégica. Europa debe mostrarse firme en la defensa de sus intereses y valores democráticos, pero sin dinamitar una alianza que consideran vital para defender la libertad, la estabilidad y el modo de vida occidental en un mundo cada vez más volátil.

El trasfondo de esta tensión no es sólo el carácter de los líderes de turno, sino el desplazamiento del eje geopolítico hacia el Indo-Pacífico. Para Washington, Europa ya no es el escenario principal de la historia, sino un flanco que debe aprender a gestionarse solo para que Estados Unidos pueda concentrar su energía en la competición con China. En este tablero, la autonomía estratégica europea deja de ser una aspiración intelectual para convertirse en una necesidad de supervivencia: o Europa se convierte en un actor militar relevante, o corre el riesgo de ser el tablero donde otros jueguen su partida.

En definitiva, la relación transatlántica no atraviesa una ruptura, pero sí una transformación. El reto para Europa será adaptarse a un socio más exigente, fortalecer su capacidad propia y demostrar que la alianza no solo es una cuestión de costes, sino de visión compartida ante un nuevo orden internacional en plena redefinición.

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